miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Son de Aquí o Son de Allá?

Según la politóloga Rosario Espinal, reducir el registro electoral en decenas de miles de votantes sería el móvil más importante para que el Tribunal Constitucional Dominicano haya comprometido al país de la manera tan insensata como lo ha hecho. Luego de hacer minería en centenas de páginas sobre este particular (incluyendo el mar de palabrerías de las ciento cuarenta y siete páginas de la sentencia en sí), puedo decir con propiedad que no hay otra conclusión lógica a la que se pueda arribar. Como decía Mao Tse Tung: quien no investiga no tiene derecho a la palabra.


Desde la perspectiva de un humilde ciudadano que siente representar los mejores intereses de la República Dominicana, la sentencia TC/0168/13, emitida, hace ya más de un mes, por el Tribunal Constitucional Dominicano, constituye un inconmensurable adefesio lesa patria, lesa humanismo, lesa pragmatismo, lesa sentido común. Son acciones como estas las que hacen que los conceptos de «patria», «ciudadanía», «nacionalidad» se tornen en conceptos tan vagos, tan aéreos, tan difusos, tan oportunistas.

Rosario Espinal
En República Dominicana, no hay espacio para la xenofobia: entregamos nuestros medios de producción a manos haitianas a veces no instruida y otras tantas  ―cada vez con más frecuencia― sí instruidas, dejamos a nuestros bienes bajo el cuidado de centinelas haitianos y nuestros hijos, bajo el de mujeres de esa nacionalidad. Y hasta hemos hecho famoso a un haitiano de la calle (probablemente ilegal) con su afamado tema «Palito de Coco».

Que un reducido grupo de  intelectuales de ambos lados de la isla expresen una ya irracional xenofobia contra su contra-parte al otro lado no invalida lo antes expuesto.


Pero ¿qué hay con la sentencia TC/0168/13 que hace cuarenta días se produjo? Si la misma se examina desde su aspecto más elemental, y tal vez irrelevante, descubriremos que ella adolece de una no despreciable cantidad de yerros en la forma correcta de escribir, en español, incluyendo la reiterada mención del año «mil novecientos noventa y nueve» ―en letras― acompañado de «1929» ―en número―, como se hace evidente en las páginas seis y ocho  del citado documento.

En este momento se está produciendo una campaña mediática tendente a confundir la opinión pública al hablar indistintamente de los indocumentados haitianos en el lugar de los que sí tienen documentos (nacionalidad), pero que quedan invalidados por esta sentencia.

Danilo Medina y Michelle Martelly
Ahora bien, para que quede absolutamente claro en la mente de los amigos lectores, existen dos grupos: el de los inmigrantes indocumentados haitianos que actualmente están en el país ―aunque no por eso merecedores de un trato inhumano, aun en el proceso de la repatriación misma, si fuese necesaria― (según un estudio que hizo la Unión Europea citado por la sentencia, a este grupo pertenecen 458,233 personas), y el de los descendientes de haitianos, hijos de padres ilegales, que nacieron en el territorio dominicano (a este otro grupo pertenecen más de doscientos mil compatriotas), los cuales, antes de la sentencia del tribunal constitucional, ya tenían la documentación que les acreditaba como nacionales dominicanos. Es a este último grupo, de forma exclusiva, al que se refiere la sentencia TC/0168/13; pues nadie discute que la situación de los inmigrantes ilegales hay que regularla.

Un dato curioso e interesante es que según Katia Miguelina Jiménez Martínez ―jueza del Tribunal Constitucional, y disidente de la sentencia en cuestión― este caso no era materia a ser discutida por el Tribunal Constitucional, sino más bien, por el Tribunal Contencioso Administrativo, por guardar mayor afinidad con el caso en cuestión; pero, en una extraña operación, sin que se explique la circunstancia especial por la que ese tribunal decide tomar ese caso en contraposición de lo que hasta ese momento había sido la jurisprudencia (casos similares en el pasado que de cuya sentencia o modo de operación se deriva, como algo establecido por ese patrón, cómo ha de procederse de ahí en adelante), el tribunal decide adoptar el caso. De donde se deriva, que, a partir de este momento, cualquier ciudadano podrá reclamar que su caso se conozca ante el Tribunal Constitucional, aun cuando por mandato legal se tratase de un asunto de competencia de cualquier otro tribunal.

Para poder comprender a profundidad el asunto del derecho a la nacionalidad dominicana es menester hacer un recorrido histórico por los cambios que, a lo largo del tiempo, ha tenido nuestra constitución en esta materia.

En el año 1844 (año de la independencia), la constitución establecía que eran dominicanos los hijos de padres dominicanos tanto si residían dentro del territorio, o fuera de él, a condición de que volviesen a establecer su residencia dentro de los límites de la República, es decir, fundamentalmente prevalecía el criterio de jus sanguini, según el cual, por la sangre, más que por el lugar de nacimiento, se definía la nacionalidad de una persona.

6 de Noviembre: Día de la Constitución Dominicana
Constitución Dominicana 1844
El criterio anteriormente expuesto permaneció hasta 1858, cuando la constitución muta hacia un criterio mixto agregando entonces el concepto de ius solis, según el cual, también se tenía derecho a la nacionalidad dominicana de acuerdo al lugar de nacimiento (en este caso, dentro del territorio dominicano). Ese año se flexibilizó el derecho de ser nacional de este país, por cuanto había el interés de aumentar el número de habitantes de un territorio, en ese entonces, muy despoblado.

Básicamente, los requisitos para obtener la nacionalidad dominicana permanecieron relativamente estables, en las distintas enmiendas que hubo a la Constitución, hasta que en el año 1929 se establece la excepción de que, si bien se seguía el sistema híbrido de jus sanguini y jus solis, aquellos niños nacidos dentro del territorio hijos de padres miembros de la orden diplomática de algún otro país no eran dominicanos, así como tampoco lo eran aquellos hijos de padres que estuviesen de tránsito en el país en el momento del alumbramiento de la criatura. Y es esta última palabra («tránsito») la que el Tribunal Constitucional usa como argumento para justificar que los hijos de padres inmigrantes ilegales nacidos en esa época no eran (ni son) dominicanos. De hecho, la sentencia dedica aproximadamente cincuenta páginas para tratar de ajustar el significado que el Tribunal quiere dar, ahora, a la palabra «tránsito», para que encaje con los propósitos de esta sentencia.

Lo cierto es que no es sino hasta el año 1939 cuando en el ordenamiento jurídico dominicano aparece por primera vez una característica relacionada con el concepto de tránsito, y es que se habla de que para que dicha condición existiera, el individuo (extranjero) no debe pasar de diez días dentro del territorio dominicano.

Así permaneció el criterio de nacionalización, sin importantes variaciones, hasta que es apenas en la constitución del año 2010 en donde se establece clara y taxativamente que no son ciudadanos dominicanos los niños que, aun naciendo dentro del territorio dominicano, son hijos de padres ilegales, dando a entender, con esa nueva introducción a la ley, que lo que estaba consignado en la constitución hasta ese momento no era lo suficientemente claro como para declarar como no dominicano a una persona que naciese dentro del territorio dominicano, bajo esas condiciones.

El Tribunal Constitucional, pretendiendo hacer uso de su prerrogativa de tribunal encargado de velar por la correcta interpretación y cumplimiento de la constitución, alarga hasta más no poder el significado de «tránsito», cuando no fue sino hasta más allá del 2000 cuando se le empezó a dar, dentro de la jurisprudencia dominicana, el sentido que hoy quiere darle el Tribunal Constitucional a esa palabra. De esa manera, pretende consignar que ciertamente desde 1929 la constitución establecía que los hijos de inmigrantes ilegales (a los que según ellos ajusta la definición de «tránsito») no tenían, ni tienen, el derecho de optar por la nacionalidad dominicana.

Tribunal Constitucional Dominicano
Y así es como llegamos, en el 2013, a esta tristemente célebre sentencia del Tribunal Constitucional, trayendo consigo una potencial nefasta consecuencia para la Repúbluca Dominicana en el ámbito internacional, pues ya antes, en el 2005, había sido (como dicen los abogados) evacuada una sentencia en contra de la República Dominicana, por la Corte Interamericana de Derechos Humanos( a la que pertenece este país por acuerdos internacionales) en el caso conocido como «Dilcia Yean y Violeta Bosico contra la República Dominicana».

En dicha sentencia, se consigna que, en primer lugar, la palabra «tránsito» no tiene el significado que el Tribunal Constitucional le pretende asignar, sino que tiene que ver con una condición de estadía más efímera de la persona (en 1939 se había establecido que diez días, en la propia constitución dominicana de ese año) ―criterio con el que está de acuerdo una gran cantidad de juristas, incluyendo las dos mujeres jueces de la Tribunal Constitucional que votaron en contra de la sentencia― y, en segundo lugar, que la condición de ilegalidad de los padres no se puede transferir a los hijos.

No tiene, por tanto, ningún asidero legal, esta sentencia, salvo el que se deriva de rebuscados tecnicismos que, por demás, no representan a la mayoría del pueblo dominicano.

Pero lo que ha salido de la Caja de Pandora no termina ahí: en la actualidad, los países que conforman el Mercado Común Caribeño (CARICOM) se sumaron, como bloque, a las denuncias que como país está haciendo la República de Haití, frente a la OEA.

Por otro lado, es incierto, en este momento, qué otras posibles consecuencias pudiera llegar a tener la República Dominicana a nivel internacional, incluyendo la posible dificultad para conseguir préstamos internacionales (o al menos que se incrementen las tasas de los mismos) como consecuencia de tratarse de un estado de inseguridad jurídica.
¿Qué necesidad había de complicar nuestra relación diplomática con los países del área?
Isabel Bonilla Hernández

Los dominicanos nunca podremos agradecer lo suficiente a las magistradas Isabel Bonilla Hernández y Katia Miguelina Jiménez Martínez, quienes gracias a que el artículo ciento ochenta y seis, de la presente Constitución dominicana, permite que los jueces que voten de forma disidente, a las sentencias que el Tribunal Constitucional emite, presenten por escrito sus argumentos, los cuales están registrados en las propias páginas de la sentencia en cuestión.

En dicha argumentación, las honorables magistradas, con meridiana claridad legal, nos aclaran lo que ya sabíamos desde el principio, mucho pero mucho antes de leer la sentencia del Tribunal Constitucional, que la misma es carente de la correcta aplicación de la legislación, pero, sobre todo, inhumana.

Y es en este último aspecto en donde no debe caber la mínima duda de que la presente sentencia emitida por el Tribunal Constitucional es absurda e insensata, que perjudica de forma absoluta a nacionales dominicanos de ascendencia haitiana (el segundo socio comercial de la República Dominicana).

Dentro de las páginas de la sentencia, se cita varias veces que las personas que resulten afectadas por esta sentencia no quedarían apátridas, por cuanto la constitución haitiana establece que todas las personas de ascendencia haitiana tienen derecho a esa nacionalidad. Pero la verdad es que en la práctica no existen los mecanismos, en Haití, para poder asumir apropiadamente, en su muy rudimentario sistema de registro, a más de doscientas mil personas que, según la sentencia, serán privadas de un derecho de nacionalidad dominicana que ya ostentaban. La imposibilidad de demostrar la ascendencia haitiana y la imposibilidad logística de desplazarse hacia Haití para regularizar su nuevo estatus legal (o en su defecto a la embajada, la cual, sin dudas, no tendrá los mecanismos para canalizar ese número de casos) será lo más normal, en ese proceso. En la mayoría de los casos no habrá nacionalidad alguna en la práctica, con todo lo que eso implica: seguridad ciudadana, derecho a la educación, derecho a la propiedad, etc. Por lo tanto, la utilización de ese argumento constituye un sofisma de mal gusto.

La sentencia del Tribunal Constitucional bien señala que la nacionalidad es un vínculo que más allá del político y jurídico que un individuo tiene con una nación tiene que ver también con el aspecto cultural y de propósito, los cuales también son importante; yo agregaría también vínculos de orden emocional y de idioma, entre otras, los cuales, a mi juicio, también son parte de ese concepto. De todos esos aspectos, ¿de cuál podría estar careciendo una persona que ha nacido dentro de un territorio y ha vivido por décadas (hasta ocho) en él.

Pero hay algo más, la constitución del 2010 (la que nos rige en la actualidad) consagra el derecho a la nacionalidad dominicana que tenían los hijos de haitianos, aunque estuviesen residiendo ilegalmente, nacidos en la Republica Dominicana ya que por un lado ―como se ha dicho antes― es la primera vez que se agrega a nuestra constitución, como excepción al ius solis, el criterio de los hijos de los inmigrantes ilegales el cual se agrega a los previamente existentes ―en constituciones anteriores― de los hijos e hijas de legaciones diplomáticas y consulares y el de los extranjeros que se encuentren en tránsito en la república dominicana (demostrando una vez más que el de «extranjero en tránsito» es un criterio absolutamente diferente al de «inmigrante ilegal»); pero además, en el numeral dos de ese artículo, señala que son dominicanos quienes gocen de esa nacionalidad antes de la entrada en vigencia de esta constitución. Por lo tanto, la nacionalidad de los que se encuentren en esa situación está ratificada por la constitución vigente.

Si el gobierno ha planteado que en un plazo de dos años los actuales afectados por la referida sentencia ¿para qué quitar ahora los derechos que actualmente tienen esos dominicanos?, ¿qué sentido tiene quitar hoy la ciudadanía para después volver a dar la ciudadanía?, ¿aumentar costos burocráticos a nuestros procesos?

No nos llamemos a engaños, la situación de inmigración haitiana en la República Dominicana va a permanecer prácticamente inalterada: habitantes legales e ilegales de ascendencia haitiana seguirán viviendo en este país aunque tal vez ahora con un grado de dificultad mayor, y ellos, los que han ideado esta sentencia, lo saben. ¿Para qué, entonces, aferrarse a este despropósito?

Créanme, luego de haber revisado centenares de páginas sobre este tema ―como digo al iniciar este artículo― no existe otro propósito, razonable, para este hecho, que no sea el de despojar del derecho al voto a más de doscientas mil personas que hasta ahora lo ostentaban.

Estudiante Haitiana de Medicina
En ese sentido, la tesis de la politóloga Rosario Espinal, que yo secundo, es que al reducir la masa electoral en ese número, se reduciría de forma importante el enorme costo que hoy por hoy representa el clientelismo político, dentro del corrompido sistema electoral dominicano. El proyecto de mantener al PLD en el gobierno hasta el 2044, como dice el Dr. Leonel Fernández, requerirá, también, ocuparse de ese detalle.


Recordemos que en el año 2012 cerráramos con un déficit en el presupuesto de casi doscientos mil millones de pesos dominicanos; curiosamente, en un año electoral ¿o ya lo olvidamos?

¡Son de aquí! ¡Hace mucho tiempo que son de aquí! ¡Desde que nacieron, son de aquí!


jueves, 17 de octubre de 2013

Sobre el Controversial Techo de la Deuda de EE. UU.

En el día de ayer, demócratas y republicanos lograron un acuerdo, según el cual, el techo de la deuda ha sido aumentado, y así, el default, o bien, la suspensión de pagos de alguna de las facturas de la deuda externa (que habría ocurrido por primera vez en la historia de los Estados Unidos de América) se ha evitado.

Pero ¿qué es lo que se conoce como el techo de la deuda, en Estados Unidos?, ¿qué llevó a que se llegara a esta situación tan extrema?, el acuerdo que demócratas y republicanos han logrado en el día de ayer ¿garantiza que el asunto está resuelto, al menos en un plazo razonable?

Hasta el año 1917, el congreso estadounidense autorizaba al Tesoro de ese país a tomar préstamos cada vez que este necesitaba dinero para cubrir algún déficit presupuestario; a partir de ese momento, el congreso creó la figura de «Techo de la Deuda», para facilitar los trámites burocráticos cada vez que esto fuera necesario.

De esa manera, el Tesoro norteamericano puede gestionar todo el dinero que sea necesario toda vez que no exceda el límite autorizado legalmente. Si se requiere más dinero del que está previamente autorizado, el congreso debe aprobar un «Techo» mayor, y el presidente debe promulgarlo como ley.

Para tener una idea, desde el establecimiento del Techo de la Deuda, en 1917, hasta el 2000, el mismo fue incrementado al menos noventa veces, y a partir de ese momento, fue incrementado 8 veces, durante la administración de Bush (hijo) y 7 veces más durante el actual presidente Barack Obama. En promedio, la frecuencia de la necesidad de subirlo se ha incrementado desde el 1965.

Hasta el 1974, esta herramienta jugaba un papel importante, pero, a partir de ese año se estableció lo que se conoce como el «Budget and Impoundment Control Act», que permite controlar los gastos y las entradas antes de que ocurran, con lo cual, el Techo de la Deuda había dejado de tener sentido, pues asumir un presupuesto deficitario suponía un incremento automático en él, y era redundar en burocracia el hecho de aprobar un presupuesto así, y más adelante tener la necesidad de tener que aprobar un incremento en el Techo de la Deuda que la misma aprobación deficitaria del presupuesto había engendrado. De esa manera, en el año 1979 se estableció lo que se conoció como la Regla Gephardt (Gerphardt Rule), según la cual, el Techo subía automáticamente si para la ejecución del presupuesto, previamente aprobado por el congreso, eso era necesario, sin la necesidad ulterior de la aprobación de ese estamento.

En el año 1995, sin embargo, esta regla queda eliminada por el congreso, y es cuando, por primera vez en la historia norteamericana, se presenta una crisis relacionada con el incremento del Techo de la Deuda; en esas  circunstancias, los republicanos forzaron la situación hasta que, al igual que ahora, obligaron al gobierno a caer en un shut down (suspensión de las actividades no vitales del gobierno) que consistió en dos etapas, puesto que se logró un acuerdo provisional para dar término a una primera parada en noviembre del 95, sin que, lamentablemente, se lograra consensuar durante el siguiente mes, para volver a caer en esa situación, esta vez, por unos 22 días. Eventualmente, demócratas y republicanos, lograron un acuerdo que permitió dar fin al shut down y elevar la deuda, en enero del 2006.

En agosto del 2011, Estados Unidos se enfrenta a su segunda crisis relacionada con el tema del requerimiento de incrementar nuevamente el Techo de la Deuda, el cual, como ya se ha explicado, tiene la necesidad de aprobarse, independientemente de que el congreso haya aprobado previamente un presupuesto deficitario, y apenas a horas de terminar el plazo para caer en el default (incumplimiento de parte de la deuda en el día programado) demócratas y republicanos logran un acuerdo que les permitió, nuevamente, elevar el Techo de la Deuda.

Este evento, a pesar de que no llegó a estar acompañado de un shut down, como su predecesor en el año 1995, trajo consigo una secuela que posiblemente sería más perjudicial para la economía norteamericana que la del eludido paro parcial del gobierno, y es que el día viernes 5 de agosto de ese año,  Estándar&Poor´s  rebajó la calificación para la deuda de los Estados Unidos de América de “AAA” a “AA+” por primera vez en su historia, dejando de ser, de acuerdo a esa firma, la referencia universal de confiabilidad al prestársele dinero, lo cual supuso que el acceso a los financiamientos internacionales serían algo más costosos. De hecho, se calcula que el retraso que experimentó en ese año el congreso norteamericano en incrementar su techo de deuda le terminó costando al estado 1.3 mil millones de dólares (1.3 billones, en la nomenclatura inglesa), ese año, y se proyectaba que ese mismo efecto iba a suponer un gasto adicional de 18.9 mil millones de dólares (18.9 billones, en la nomenclatura inglesa), para la siguiente década.

En ese momento (año 2011), Estados Unidos estableció un nuevo Techo de Deuda equivalente a 16,394 billones de dólares (16,394 trillones de dólares, en la nomenclatura inglesa) el cual rápidamente se alcanzó el 31 de diciembre del 2012. Para evitar caer en el default, El Tesoro tuvo que tomar medidas extraordinarias, sin embargo, a pesar de ellas, la proyección era que el día 17 de octubre del 2013 Estados Unidos amaneciera con apenas 30,000 millones de dólares, en caja; suficiente, apenas, para pagar sus facturas de ese día. Nuevas maniobras, y contando con el dinero que día a día hubiera recibido el fisco, habrían hecho posible llegar hasta el 30 de octubre sin haber incumplido, todavía; pero a partir de ese momento, la situación habría sido insostenible, y a alguien se le habría dejado de pagar su factura ese día, como tarde.

Los republicanos, especialmente la facción de ese partido conocida como el T Party, sostienen que los gastos deben ser reducidos drásticamente, y que las ayudas sociales de los demócratas, especialmente la conocida como el Obama Care, deben ser reducidas, cuando no eliminadas o al menos pospuestas, y que las bases económicas de ese país no son compatibles con ese tipo de ayudas; Curiosamente, el gran afectado político de los dos shut downs ha sido, precisamente, el partido Republicano.

Afortunadamente, la catástrofe financiera que pudo haber ocurrido el 30 de octubre próximo ―a más tardar― no ocurrirá, pues un traumático acuerdo consensuado entre demócratas y republicanos lo ha evitado, pero no sin antes de que una nueva firma, Fitch Ratings, haya amenazado, también, con degradar de «AAA»  (con lo cual son dos influyentes firmas las que habrían hecho la misma acción) la calidad de la deuda cuando está en manos de Estados Unidos.

El acuerdo alcanzado hace apenas horas permitirá que el Gobierno Federal tenga recursos hasta el 15 de enero para sus operaciones de día a día, y da al Tesoro la autorización de levantar su Techo de Deuda, pero solo lo suficiente para pagar sus compromisos hasta el 7 de febrero. Esto implica que, en un muy corto plazo, demócratas y republicanos tendrán que sentarse nuevamente en la mesa de negociación para ponerse de acuerdo respecto de qué van a hacer con el presupuesto nacional del país más poderoso de la tierra. Nadie sabe, a ciencia cierta, cuánto va a costar todo esto al pueblo norteamericano.

El hecho es que más allá de lo que para mucha gente ha parecido un show político, el tema de la economía norteamericana no es para tomarse a la ligera, especialmente para nosotros, habitantes insulares, vecinos del rey del norte, quienes, cual rémora que se adhiere al tiburón, esperamos poder comer, si quiera, de sus desperdicios, para seguir viviendo.

La cada vez más frecuente necesidad del incremento del techo de la deuda, la posición radical que parecen haber tomado algunos políticos influyentes estadounidenses, la llegada súbita de una cantidad enorme de personas a la edad de retiro que la seguridad social debe financiar (baby boomers), la fuga de empleo y de producción que durante años ha tenido Estados Unidos hacia países en desarrollo y la más reciente pérdida de fe de sectores de su economía hacen que el camino a trillar para su recuperación económica no sea tan claro.

Y mientras tanto, el gigante que ya no duerme (como bauticé a China en un artículo escrito para este mismo blog), quien había guardado el silencio diplomático que le caracteriza, sorprende a las naciones declarando, el sábado pasado, que: «necesitamos un mundo más “desamericanizado”, en donde todos los países, ricos y pobres, grandes y pequeños, puedan decidir por sí mismos su destino, sin la necesidad de un policía internacional que les regule, cuando ellos mismos no pueden organizar su propio país».

Evidentemente, lo que asusta de esa expresión es que no se sabe qué plan ulterior tenga China, que, por demás, es el mayor acreedor de Estados Unidos, pero que, sin lugar a duda, tratará de sacar ventaja a la más mínima señal de debilidad que muestre el rey del norte.

Por alguna razón que desconozco, siento que ni en las calles, ni en los círculos profesionales ni empresariales, se comenta sobre esta situación; como si el pueblo dominicano prefiriese estar al margen de ella.  Estados Unidos es, por mucho, el primer socio comercial de la República Dominicana, y cualquier cosa que le afecte va a repercutir, inevitablemente, en nuestra economía, la cual, como duramente hemos aprendido, no es blindada.


Amadeo

jueves, 3 de marzo de 2011

POR FAVOR SEÑOR PRESIDENTE


Rosario Espinal

Artículo publicado en el periódico HOY el miércoles 2 de marzo de 2011

Emplear varios minutos del discurso de rendición de cuentas el pasado 27 de febrero para argumentar que la cantidad de dinero invertido en educación no garantiza la calidad de la educación fue inadecuado e inadmisible.
Primero, es obvio que la cantidad de dinero invertido en cualquier sector no garantiza la calidad, y mucho menos en educación; eso lo saben todas las organizaciones que lucharon a favor del 4% para la educación. Se necesitan también cambios cualitativos. El problema en República Dominicana es que ni se invierte lo que se debe ni se logra la calidad necesaria con lo que se invierte.
Segundo, los autores citados en el discurso que han planteado que mayores recursos económicos no garantizan la calidad deseada se han referido a países donde se hizo un aumento importante de la inversión en educación pero no se ven todos los resultados deseados. Eso no quiere decir que no se haya mejorado el sistema educativo en esos países, tampoco que esos sistemas sean tan malos como el dominicano. No hay comparación entre Francia y República Dominicana.
La lucha por el 4% ha sido una de las manifestaciones de mayor civismo e importancia de la sociedad dominicana en los últimos tiempos. Desvirtuar su objetivo con datos citados fuera de contexto y antojadizamente el 27 de febrero fue traicionar un loable objetivo.
En los últimos 6 años, la inversión en educación se ha mantenido alrededor de 2% del PIB. En una economía que ha crecido, y con una discursiva presidencial que supuestamente valora la educación, esa baja inversión es inconcebible.
En la sociedad dominicana hay una vieja tradición política e intelectual de denigrar la ciudadanía. Lo hizo Trujillo, lo hizo Balaguer, y lo siguen haciendo los gobernantes de esta época de democracia electoral. No educar, o no educar bien, ha sido un instrumento efectivo para subordinar.
Cuando se repite que “sólo la educación salva a la República Dominicana” y no se invierte lo necesario, ni se hacen los cambios de pedagogía, ni se garantiza un desayuno saludable, entonces se está asesinando la sociedad dominicana.
En pleno siglo XXI, donde sobrevivir económicamente requiere formación educativa, cualquier país como República Dominicana que no alcance un promedio de escolaridad ni siquiera de octavo curso de primaria, está destinado a naufragar en la pobreza y la criminalidad.
La corrupción de la clase política dominicana y la sed de explotación de la clase empresarial son los principales obstáculos para avanzar con las reformas educativas.
El Estado impulsa políticas que tienen como objetivo permitir el enriquecimiento ilícito de una capa político-económica a través del desfalco público, mientras impulsa otras dirigidas a mantener la población vulnerable y sin educación para ser explotada.
Por eso muchos dominicanos se van al exterior en busca de mejores oportunidades de vida, mientras el gobierno mantiene abierta la llave de la frontera para nutrir de trabajadores haitianos empobrecidos a los depredadores empresariales. Esto no lo impuso ningún país extranjero, es hechura de los gobiernos y del empresariado dominicano.
Señor Presidente, las palabras valen lo que empeña el emisor por ellas. Mientras en su gobierno se invierta tan poco en educación y los resultados de aprendizaje sean tan bajos en las mediciones internacionales, no hay cabida para auto-elogios, ni son desagradecidos quienes critican y demandan cambios para sacar la República Dominicana de la pobreza y la ignorancia.
En vez de emplear varios minutos del discurso citando autores para justificar lo injustificable, hubiese sido más honorable y democrático haberle explicado al pueblo cómo y con qué recursos se mejorará el maltrecho sistema educativo dominicano.

sábado, 18 de diciembre de 2010

¿Quién ganó Señor Presidente?

Excelentísimo Señor Presidente de la República Dominicana, Doctor Leonel Fernández Reyna:

Permítame iniciar el presente documento haciendo la misma pregunta sugerida en el título, pues debe tratarse de la más difícil que me haya planteado en los últimos tiempos. ¿Quien ganó Señor Presidente, al lograr imponer un presupuesto que a pesar del reclamo que el sector de la clase pensante dominicana le hacía, no contiene el 4% para la educación del PIB como contempla la ley?

Y formulo la pregunta, porque como sugerí antes, no logro encontrar la respuesta, aunque ciertamente, tengo la idea de que si alguien resulta beneficiado de este hecho, sin duda alguna no serán los intereses más puros, ni más nobles de la República Dominicana.

Ahora bien, lo que sí creo poder identificar, distinguido ciudadano, es quién perdió en este proceso. En el que más allá del sofisma que usted ha planteado de la no proporcionalidad entre la inversión en educación y sus resultados finales, la parte pensante de la nación ha reclamado la necesidad de invertir más en ese tema.

Y podría decirse que hasta cierto punto no fue usted quien perdió Señor Presidente, ya que sin ser mezquinos, hay que reconocer que ha alcanzado usted un nivel intelectual envidiable gracias a su esfuerzo personal principalmente, pero también, al hecho de haber estado cobijado bajo la sombra de alguien que sí creía en la educación dominicana, Don Juan Bosch.

De cualquier forma, tampoco piense Señor Presidente que fue la Coalición por una Educación Digna la que perdió, pues ella ha de estar constituida por personas, en su mayoría jóvenes, que han demostrado tener un nivel de educación y de civismo considerable, lo cual usted mismo ha ponderado y de quienes no parece que será fácil conseguir sus votos por quince dólares el mismo día de las elecciones.

Ha perdido el pueblo dominicano, a quien está usted supuesto a representar, el cual, consciente o no del hecho, pierde una vez más la oportunidad de que se destine para su educación una cantidad mínima de dinero que nos permita ser un mejor país.

Yo sé en mi interior que alguna vez usted soñó con una República Dominicana distinta, educada y progresista; pero en algún lugar entre Nueva York y el Palacio Nacional aquel sueño se desvaneció y cayó en mano de los viles adulones de su alrededor.

Usted sabe mejor que nadie que se puede llegar desde Villa Juana a presidir el país, pero que a la par, eso no es producto de ningún golpe de suerte sino principalmente de la formación intelectual que ese joven, por cualquier razón, haya logrado tener.


Apártese ya de aquella letanía del circo político dominicano. Ya sabemos la historia aquella del partido que estando en el poder se cansa de prometer y no cumplir; la de la minúscula bisagra que gira en la dirección que favorezca sus negocios particulares y las del partido pseudo opositor que sopla en la dirección de cualquier viento de protesta que le permita ganar popularidad entre los diversos sectores de la sociedad para ver si de algún modo logra asirse del poder y de esa forma intercambiar los papeles y retornar a este círculo vicioso que solo va en detrimento de la construcción de un mejor país.

No intente ya demostrarnos quién manda aquí, ya lo sabemos, Usted y su gente se han ocupado de dejarnos muy claro que Usted es lo más parecido de Dios en la tierra. Por favor no actúe con la retaliación con la que suelen actuar los espiritus inferiores y cumpla, al menos con esos cinco mil millones de pesos (135 millones de dólares) que usted estaba ofreciendo a cambio de que cesara una lucha justa y que confiáramos en su erosionada palabra, nosotros sabremos recompensarle. Aproveche la oportunidad, logre restaurar nuestra confianza en usted, propóngase ser el primer presidente en cumplir con esa ley de educación y más.

Olvidaremos que le ha llamado usted falso debate a una causa para la que de la noche a la mañana usted es capaz de ofrecerle una cantidad importante de dinero a cambio de que usted mismo se ocupe con su equipo de definir los planes y filosofías a seguir, para eso le elegimos; tomando en cuenta que ignora usted o pretende ignorar que ya hemos agotado horas interminables para esto. De Usted depende ahora en qué se van a invertir esos fondos.

No ignore este reclamo de la sociedad, si así lo hiciese, entonces estaremos en la posibilidad de responder aquella difícil pregunta del título de este artículo, podremos responder que ha ganado usted, que ha ganado la Coalición por una Educación Digna, que hemos ganado todos, que han ganado nuestros hijos; sacrificando tal vez los metros y megaproyectos presentes al convertirnos en una República Dominicana diferente, construyendo, más allá de infraestructuras, un mejor país, más educado, más cívico ,menos violento, con un mayor nivel de conciencia social y que a su tiempo, producto de un mayor nivel de educación, sabrá reconocer las cosas que les hace falta y proceder así con la construcción del país físico realmente conveniente.

Amadeo Alcántara

martes, 7 de diciembre de 2010

4 %


El día lunes 6 de diciembre del 2010, el pueblo dominicano estaba convocado a vestirse de amarillo como una forma de protesta para que el presupuesto que está destinado a educación cumpla con lo establecido en la ley, la cual contempla un 4% del Producto Interno Bruto para esos fines. Hasta donde sabemos, las proyecciones que conocemos no cumplen ni remotamente con lo antes expuesto.

Confieso que esperaba un apoyo mayor de la población a la iniciativa que un grupo de dominicanos valiosos había emprendido, ya que a decir verdad, yo aspiraba a un país que desde la península de Samaná hasta la provincia de Montecristi y desde Pedernales hasta Higuey se tiñera de amarillo cual Estadio Cibao* en un partido de serie final.

Naturalmente, supongo que el gobierno calculó mejor que yo este asunto, y tuvo en cuenta detalles que yo pasé por alto. Así, es muy probable, que basado en su experiencia de elecciones no tan lejanas en el tiempo, tengan muy claro que las masas no se mueven por ideología alguna; ellos saben muy bien, que una tarjeta de solidaridad (Otrora funditas) puede llegar a transformar la voluntad de una persona aunque comprometa el futuro de ella y de los suyos por muchos años; han aprendido la lección de que un supuesto empleo del gobierno les da derecho a decidir sobre cosas tan aparentemente triviales como el color con que se vista una persona un lunes cualquiera del año; han entendido a cabalidad que conservando el status quo, es más fácil perpetuarse en el poder saecula saeculorum.

Ellos han alcanzado a divisar que construir mega proyectos en la ciudad capital es políticamente mucho más rentable que invertir en intangibles como la educación, que en honor a la verdad, llevaría años valorarlo, y cuyos beneficios políticos tal vez coseche alguna otra facción política. Así como que es mucho más eficiente para sus pretensiones particulares esperar cada cuatro años para conseguir los 500 pesos (15 dolares) que cuesta un voto y si acaso una que otra botellas de ron para los días previos a las elecciones y así “motivar” a las caravanas partidarias

Lo triste es que para desgracia de la nación todos los gobiernos que han dirigido los destinos del país durante los últimos cuarenta años parecen tener ese nivel de convencimiento, dado que rara vez, en ese período de tiempo, la República Dominicana ha tenido un presupuesto para educación próximo a un tres por ciento de su Producto Interno Bruto (todavía muy por debajo de lo establecido por la ley). Argumento, que el actual gobierno ha usado para justificar no acceder a esta justa demanda de la clase pensante dominicana.


Ahora bien, ¿cómo debemos entender los dominicanos el hecho de que el lunes amarillo no haya tenido el respaldo de todas los estratos de la ciudad a la escala deseada?, ¿Significa esto que nuestros problemas educacionales no son tales? Creo que tomando en cuenta que siendo el segundo país de América Latina que menos invierte en educación (Superado solo por Ecuador) la respuesta es negativa, y que lejos de pavonearse de un triunfo político porque la mayor parte de la población no se vistiera de amarillo, el gobierno debería estar avergonzado por la demostración de un profundo fracaso en nuestro sistema educativo, no sólo porque no hayamos alcanzado los estándares mínimos a nivel internacional, sino, porque como se puso de manifiesto el pasado lunes amarillo, nuestro pueblo es incapaz de concebir la educación como un elemento indispensable para el desarrollo material y sostenible de la nación.

¿Para qué tantas cumbres?, ¿para qué tantas charlas y discursos bonitos? ¿Para qué disponer de uno de los intelectuales más importantes del país en la primera posición de la nación si no existe la voluntad política de transferir esa sapiencia a su pueblo?

No se llame a engaños Señor Presidente, pues muy a pesar de no haber teñido el país de amarillo como correspondía, el mensaje de la clase pensante de la nación, aquella a la que usted solía representar, ha sido claro e inequívoco a usted y al mundo informado, de que “necesitamos educar la nación”.


Doctor Leonel Fernandez Reyna por favor, apiádese de su pueblo.

Amadeo Alcántara


*Lugar donde juegan las Águilas Cibaeñas, equipo de baseball dominicano de la ciudad de Santiago de los Caballeros cuyo color distintivo es el amarillo.